Era de noche y llovía mucho
-¡Hola!
Caminaron por Loma del Pilar como lo hacían siempre que querían ir al telo de la esquina. No había plata, pero sí ganas. Siempre habían ganas.
-Me estoy mojando
La miró sonrojado y arrecho. "La hice", pensó por unos minutos. Después su cerebro se percató de la lluvia torrencial que empezaba a enlodarle las zapatillas nuevas. No era su día.
Pasaron tres largos minutos de silencio. Ninguno pronunciaba palabras en alto, pero sí en sus cabezas. Ambos formaban diálogos estúpidos y sentimentales.
-Lo amo
-La odio
Qué decirse.
Un hijo muerto, un intento de suicidio. Ya se había roto el espejo; ya no había como repararlo. Cuando esas cosas pasan lo mejor es tirar todo a la basura y que no quede rastro de previa existencia. Es mejor aspirar las mini partículas también.
Casi media noche.
-¿Qué quieres?
-Besarte
-Ya fue. ¿No te das cuenta?
Pero para él "no fue". Todo seguía igual. El sentimiento de rabia mezclado con ternura. Las ganas de abrazarla y decirle que todo estaría bien... Mentirle.
miércoles, 11 de julio de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
El espejo
Cuando miro al espejo, veo muchas cosas. Hoy mencionaré algunas de ellas: las que más me perturban.
Cuando me miro al espejo, veo a una chica no vieja, pero definitivamente no niña. Veo a un espécimen de 1.50 con piel beige llena de granos y exceso de pintura en las mejillas.
Cuando veo al espejo, veo a alguien que solía tener un culo de esos dignos de ser jodidos por la calle. Veo algo que estaba ahí, pero ya se fue. Creo que es oportuno decir que maté a mi culo con mi exceso de delgadez. También veo tetas, pero son pequeñas; sin embargo, me gustan. Me gusta la forma piramidal que tienen, y me gusta que apunten cada una por su lado; como metralletas.
Cuando veo al espejo, veo una sonrisa metálica que me perturba. Veo el tiempo desperdiciado en ajustes de brackets y sacadas de muelas. Veo que aún no puedo reírme en un foto sin sentir vergüenza. Veo que soy una impaciente de mierda.
Cuando me miro, extraño mi largo cabello negro. Extraño hacerme colitas simpaticonas y extraño ponérmelo hacia un lado para revelar uno de mis huesudos hombros -claro, en verano-.
Cuando veo en el espejo, a veces, no siempre, me odio. No por como me veo; me odio porque no sé qué soy ni por qué me siento triste. Odio a la parte de mí que a veces se odia y que goza haciendo sufrir a los demás. Veo a alguien que tuvo un inicio difícil en la vida, pero que ya pasó, que ya se quedó sin problemas; por tanto, sin excusas.
Cuando me veo al espejo, veo a alguien que se siente muy mayor, pero que no lo es. Y veo a esa señora casada con 5 hijos queriendo nunca crecer y detestando su vida de anciana, y queriendo regresar en el tiempo, y robarse un sobre de Sibarita en el mercado, y jugar en piscinas de pelotas, y nunca dejar de tener 10.
viernes, 8 de junio de 2012
Amor
-Antes de irme, quiero hacerte una pregunta
-Dime
-Quería... este... quería que me definieras ¿Qué es amor?
¿Qué es el amor?
Pondré a continuación los resultados obtenidos de dichos motores de búsqueda (los que me parecieron los más apropiados, claro, porque "Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser" no me convenció en lo absoluto):
Según la Real Academia de la Lengua Española, podemos definir "amor" como un sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
Tomo esto como un "hola, qué papi", que es seguido por un "manya, qué lindo" y que te lleva a la conclusión de un "cásate conmigo y envejezcamos juntos".
Por supuesto, no me quedo satisfecha con esa definición tan generalizada acerca del conocido sentimiento, porque si bien es cierto que el amor "alegra y da energía", no es todo lo que aporta. Aquí van unas que me copié de Wordreference
- Conjunto de sentimientos que ligan una persona a otra, o bien a las cosas, ideas, etc.
- Ternura, suavidad.
- Esmero con que se hace algo.
Como diría Frank Sinatra, "Wisemen never fall in love, so how are they to know?" (Los genios nunca se enamoran, así que ¿Cómo podrían saber ellos qué es?). Yo tomo la definición de lo que veo por la calle, de lo que leo en libros de fantasía, de lo que escucho en las canciones y obvio, de las películas (Hollywood: qué daño has hecho al mundo).
Para mí, amor es ver dos abuelos caminando en el parque. Que él le abra la puerta del carro y de las tiendas para que ella pase primero; que le corra la silla antes de sentarse en su restaurante de pastas favorito.
Amor son esos pensamientos que se comparten tan solo con una mirada, esos besos que se dan a escondidas, ese condón roto que los preocupó a morir, pero no lo suficiente como para llorar, porque con miedo y todo, había amor.
Para mí, amor es ser infeliz si el otro no es feliz; sufrir al verlo(a) llorar y escuchar sus dramas juveniles hasta que se le quite la amargura de la existencia y vuelva a ser esa persona de la cual te enamoraste.
Amor es caminar juntos, aunque con diferentes zapatos; inspirarte con la manera de vestir y hablar del otro (sí, que se te peguen las manías y malas palabras también).
Amor, es para mí, el ajinomoto en mis papitas, el fudge en mi helado de vainilla, el dormir abrazados después del sexo.
Para mí, amor es lo más cercano que un ser humano tiene a la magia; andar por la calle con cara de cojudo(a); tener esa sensación, como diría Vallejo, de "trilce" al no verlo(a), porque si bien lo(a) extrañas, sabes que el reecuentro será maravilloso.
Y para terminar, debo concluir con la respuesta que me dieron esta mañana acerca de "¿qué es el amor?", ya que finalmente, creo que opino igual:
"El amor es sufrimiento benigno. El amor es compañía y alegría".
-Dime ahora, ¿Es eso lo que tú sientes por él?
-Eso y todo lo demás que te vengo diciendo desde el Miércoles.
-(sonríe) Nos vemos la próxima semana, entonces.
-¡Oye, oye! Pero... ¿Sentirá lo mismo él?
-(Hace una pausa a la despedida) Ya me contarás la semana que viene.
-(Hace una pausa a la despedida) Ya me contarás la semana que viene.
lunes, 4 de junio de 2012
El último día
Si un pajarito viniese a contarme que hoy sería nuestro último día, no temería.
Si hoy fuese nuestro último día, vestiría con flores
Me pondría ese lazo azul que te gusta
Usaría tacones coquetos e iría a verte.
Si tuviese la certeza de que hoy sería nuestro último día
Me reiría de tus chistes monces
Vería una película de Bruce Lee
Comería mondonguito a la italiana.
Si despertara sabiendo que hoy todo terminará
Llevaría mi cd de Jamiroquai para bailar
Escucharíamos todo el umplugged de tu banda favorita
Te obligaría a ver Up (por supuesto, lloraría).
Si supiera que hoy y no mañana, serían nuestras últimas horas juntos
No cerraría los ojos
Te besaría el cuello mil veces
Haría contigo eso que el marica de Arjona llama "hacer el amor"
Te diría que te amo.
Si hoy fuese nuestro último día
Caminaría toda la noche contigo
Te contaría mi más íntimo secreto
Te abrazaría muy fuerte al llegar a la puerta de mi edificio
Me despediría con un beso rápido.
Voltearía a verte caminando mientras te vas y sería feliz
Porque sé que aunque hoy fue nuestro último día
Tú, que eres el amor de mi vida, volverás.
Si hoy fuese nuestro último día, vestiría con flores
Me pondría ese lazo azul que te gusta
Usaría tacones coquetos e iría a verte.
Si tuviese la certeza de que hoy sería nuestro último día
Me reiría de tus chistes monces
Vería una película de Bruce Lee
Comería mondonguito a la italiana.
Si despertara sabiendo que hoy todo terminará
Llevaría mi cd de Jamiroquai para bailar
Escucharíamos todo el umplugged de tu banda favorita
Te obligaría a ver Up (por supuesto, lloraría).
Si supiera que hoy y no mañana, serían nuestras últimas horas juntos
No cerraría los ojos
Te besaría el cuello mil veces
Haría contigo eso que el marica de Arjona llama "hacer el amor"
Te diría que te amo.
Si hoy fuese nuestro último día
Caminaría toda la noche contigo
Te contaría mi más íntimo secreto
Te abrazaría muy fuerte al llegar a la puerta de mi edificio
Me despediría con un beso rápido.
Voltearía a verte caminando mientras te vas y sería feliz
Porque sé que aunque hoy fue nuestro último día
Tú, que eres el amor de mi vida, volverás.
miércoles, 30 de mayo de 2012
El chico del polo verde
Habíamos estado conversando la noche anterior acerca del
encuentro que tendríamos. Quedamos en que yo iría a su casa a ver películas y
después él me dejaría en el trabajo. Todo estaba fríamente calculado. No era la
primera vez que acordaba en “ver películas” y terminaba en una escena de
agarres y meteduras de mano calentonas –por esos tiempos, en mi vida, era pan
de cada día-.
Llegó la mañana del primero de Octubre y me desperté súper
temprano. Me cagaba de frío, pero quería verme “sexy” para mi nueva “conquista”.
Esperé a que mi vieja se fuera a trabajar y entré a la ducha a bañarme. Me
depilé hasta la oreja y me embadurné de crema; escogí –aún no comprendo por
qué- un calzón digno (o sea, no de dibujitos), me puse pantys y safé a
esperarlo a la esquina.
10 a.m. Llegó en su carro rojo. Era la primera vez que nos
veíamos en persona. Recuerdo que lo que más me llamó la atención fueron sus
ojos verdes con ojeras. Pensaba que, aunque para muchas el sujeto podría
parecer atractivo, a mí me resultaba un tanto común a la vista. Subí al carro y
apenas cerré la puerta él me tocó las piernas.
-Relájate- le dije.
Manejó hasta una tienda de por mi casa y compró algo para
tomar. No tardó mucho en regresar al auto.
-¿Por qué mejor no vamos un rato a tu casa?- Me preguntó.
Sentí miedo, pero creo que logré disimularlo.
-Mi abuela está descansando- le contesté.
-¿Tu abuela?
(fuck, fuck, fuck! Se dio cuenta que le mentí)
-Sí… es que está durmiendo… eh… Hay que ir por ahí a “conversar”.
Se estacionó en una calle cerrada y comenzamos a agarrar. Ya
por esas fechas me importaba poco o nada si agarraba con alguien que me gustara
o no. Era como peinarme. Era mecánico; casi, casi involuntario.
Salió una señora a barrer la entrada de su casa y nos vio.
-Vamos a tu casa.
-Está bien- le contesté con algo de resignación.
10:15 a.m. Cada uno se sentó en un sillón diferente. No
teníamos tema de conversación, obviamente. Me dijo “ven aquí”, así que me senté
en sus piernas y empezamos a besarnos de nuevo. Esta vez la cosa estaba alcanzando niveles desconocidos para mí.
-¿Por qué no vamos a tu cuarto?- Preguntó el sujeto del polo
verde.
-… está bien- contesté un poco agitada.
Me echó sobre el cubrecama morado y comenzó a tocarme.
Agarraba pésimo; lo recuerdo con claridad. A pesar de eso, estaba excitada por
la situación. Metió su mano por debajo de mis pantys y en ese momento fue claro
para mí que estaba arruinada.
-¡No!- Le repetía constantemente, pero él seguía. Yo no lo detenía.
Mi mente estaba dividida entre dejarme llevar por el placer
de por fin tener mi primer encuentro sexual y mis creencias sobre la perfecta “primera
vez”. Definitivamente esta no lo iba a ser.
Lo paré como pude y me fui a la sala. Él vino después a preguntarme
si todo estaba bien. Afirmé con la cabeza. Estaba temblando y le dije que jamás
lo había hecho.
-Solo vamos a agarrar- me dijo en una voz suave. Quería
tranquilizarme, pero no lo logró.
Estúpidamente acepté ir al cuarto de nuevo. La situación
anterior se repitió, pero esta vez él se sacó el pantalón más rápido de lo que
yo hubiese podido decir “parangacutirimicuaro”.
-¡Au!- Grité.
-Solo la puntita, después la saco- Me susurró.
-Ni cagando, pues- Pensé. Y sin embargo, acepté.
Por unos segundos cumplió su promesa. Después se vino con
todo y por más “No” que él escuchara, estaba decidido a continuar.
-¡Au!- gemía yo en una voz baja.
-Solo un ratito. Espera a que me venga y la saco- Me decía.
La situación había pasado de arrecha a creepy en menos de
cinco minutos. Ahí estaba yo, con el calzón abajo y totalmente postrada, en una
cama, sirviéndole a un sujeto que no conocía más de media hora, de muñeca
inflable.
Por fin se vino. Lo empujé y me fui al baño a cambiarme de
calzón. Me peiné un poco, salí del baño después de 10 minutos y le dije: “¿vamos?”
Nuevamente estaba yo en el carro rojo. Solo le hablaba para
darle las indicaciones de cómo llegar a mi trabajo.
10:58 a.m. En el pasaje Los Pinos de Miraflores, una chica
con chompa a rayas se bajó de un vehículo colorado. Le dio un beso en el
cachete al sujeto que ahora despreciaba y que no volvería a ver jamás, y se fue
caminando mientras escuchaba como las llantas arrancaban. Se sentó en la acera en estado de shock. Llegó su fiel amigo
y compañero de trabajo. Al notar su presencia lo saludó.
-Hola, ¿Qué tal?- Le dijo él en su común y alegre tono de
voz.
-Mal.
Mientras le narraba lo sucedido, las lágrimas empezaron a
caer sin ser llamadas. La tristeza se apoderó del recuerdo y el arrepentimiento
me llenó el ser como el sujeto de polo verde no lo supo hacer.
Desperté.
miércoles, 16 de mayo de 2012
El Cohete Espacial
*BUM* *POW* PIUF*
Cuando por allá en los años noventas existía todavía mi muy querida Feria del Hogar, mis padres, que aún seguían juntos, tomaron la decisión de que debíamos comprarnos una cocina nueva y moderna. Para esto aprovecharon las ofertas buenazas que una de las carpas de la Feria les ofrecía, y así, en no recuerdo realmente cuántos días, fue que llegó a mis manos un tesoro que jamás olvidaré: El Cohete Espacial.
Si no me equivoco tenía 5 o 6 años, y la cocina me la pasaba por el poto. Pero lo que mi pequeña mente infantil no pudo ignorar fue el envase que contenía a la cocina nueva. Era grande, "cuadrada" y marrón beige. Olía a nuevo y era lo suficientemente espaciosa como para que alguien de mi tamaño y contextura entrase. En pocas palabras: era mágica.
Mi hermana mayor y yo nos adueñamos por completo de la caja. Jugábamos a que una entraba y la otra la movía intempestivamente. Dentro de la caja se sentía como terremoto, pero no me daba miedo. Gritaba como loca de la emoción. A veces solo me metía porque sí y me quedaba un buen rato pensando historias dentro de las paredes.
No sé exactamente cuanto nos duró la felicidad de la caja a mi hermana y a mí... creo que al final de cuentas terminó rotísima porque verdaderamente le sacábamos la mugre. Fue, quizás por unos meses, mucho más paja que llegar después de clase y prender la tele. Como lo dije antes: era mágica.
Mucho tiempo ha pasado desde que gocé a morir con mi caja de cocina. Mi hermana y yo ya crecimos y dejamos ese tipo de aventuras a un lado; y, sin embargo, hace unos meses, cuando mi vieja decidió que por fin era hora de cambiar nuestra cocina de Feria del Hogar, llegó a mí un nuevo electrodoméstico con una caja aun más grande y gruesa que la anterior. También olía rico y fácil que cabía adentro -no he crecido mucho desde los 6, la verdad-. El señor que vino a dejarla instaló la cocina, me hizo firmar un papel de "recibido" y finalmente me preguntó: "¿Quiere que le deje la caja?". "No", le respondí.
Mientras le cerraba la puerta recordaba a mi caja vieja, a mis juegos de chibola monce, a la Feria, a mi hermana, y sobre todo, a mi niñez.
jueves, 10 de mayo de 2012
Sobre mis dudas existenciales y algo de machismo.
Mientras escucho una corta venas maleada de La Lá para BarrioBEAT, mi mente empieza a divagar acerca de la discusión que acabo de tener con mi vieja.
Su frase me retumba en el cerebro como tambor al micrófono en máximo volumen. Mi yo interno le grita fortísimo: ¡Cállate!, pero el volumen del amplificador sube más y la voz se va apagando hasta llegar al punto de hormiga.
Considero que sé muy poco o nada de relaciones, y que con la que tengo vengo aprendiendo en la práctica. A pesar de esto, siempre he tenido ciertos criterios, y uno de ellos -y motivo de mi mecha con la doña- es el muy recurrido, pero quizás poco tocado, tema del "quién paga".
Mi teoría va de esta manera: si yo trabajo, y él trabaja, ¿no es justo que ambos paguemos miti-miti como la justicia manda? Al mismo tiempo pienso, porque tan lorna no soy, "pero tú ganas menos, flaca". Ok, ok, entonces me reformulo: Si yo gano 100, y él gana 1000, entonces nos vamos en proporción de 1/10, ¿verdad? Todos felices. Resumiendo el caso, sería algo como que tú me pagas la cena, yo te pago el taxi.
Pero para mi vieja estos cálculos matemáticos de medio pelo no le bastan como argumentos suficientes en defensa de mi pensamiento -y en defensa del flaco, también-.
Según mi madre, la situación es -o debería de ser- así:
Flaco tira contigo. Flaco sabe que eso causa problema en tu salud. Al darle uso a "eso", estás causando daño, y ese daño, así como en un auto, debe ser reparado llevando con cierta frecuencia al "auto" a hacerse su "mantenimiento".
¿Será porque odio la dependencia?
Auch.
Le preguntaría a mis amigas de no ser porque poseen la misma personalidad obtusa... pero... y ¿si es cierto? Si verdaderamente estoy cediendo demasiado a algo que "por derecho" me corresponde. Aunque, ¿quién soy yo para dictaminar qué es lo que me corresponde de otra persona? ¿Es por miedo a no caer en esa mentalidad machista que tanto aborrezco que he empezado a comprometer aspectos que verdaderamente son importantes? ¿El hecho de yo "pago más, tú pagas menos" es realmente importante?
Si le doy una chequeada a lo que siempre he creído como correcto e incorrecto podría decir con toda seguridad que las personas siempre tienen que ir por lo más justo. Entonces, mis normas de miti-miti y la proporción estarían obrando en favor de la justicia. Por tanto, estoy haciéndolo bien (¿?).
La discusión madre-hija concluyó en nada, como usualmente sucede con nosotras dos. Un poco bajoneada por lo hablado, pero tranquila por saber que estoy en lo correcto, solo atino a decir que no me preocuparé de quién paga más, ni de quién paga menos, porque ni siquiera sé si algún día realmente necesitaré saberlo.
"Es que ya se está mal acostumbrando"
Su frase me retumba en el cerebro como tambor al micrófono en máximo volumen. Mi yo interno le grita fortísimo: ¡Cállate!, pero el volumen del amplificador sube más y la voz se va apagando hasta llegar al punto de hormiga.
Considero que sé muy poco o nada de relaciones, y que con la que tengo vengo aprendiendo en la práctica. A pesar de esto, siempre he tenido ciertos criterios, y uno de ellos -y motivo de mi mecha con la doña- es el muy recurrido, pero quizás poco tocado, tema del "quién paga".
Mi teoría va de esta manera: si yo trabajo, y él trabaja, ¿no es justo que ambos paguemos miti-miti como la justicia manda? Al mismo tiempo pienso, porque tan lorna no soy, "pero tú ganas menos, flaca". Ok, ok, entonces me reformulo: Si yo gano 100, y él gana 1000, entonces nos vamos en proporción de 1/10, ¿verdad? Todos felices. Resumiendo el caso, sería algo como que tú me pagas la cena, yo te pago el taxi.
Pero para mi vieja estos cálculos matemáticos de medio pelo no le bastan como argumentos suficientes en defensa de mi pensamiento -y en defensa del flaco, también-.
Según mi madre, la situación es -o debería de ser- así:
Flaco tira contigo. Flaco sabe que eso causa problema en tu salud. Al darle uso a "eso", estás causando daño, y ese daño, así como en un auto, debe ser reparado llevando con cierta frecuencia al "auto" a hacerse su "mantenimiento".
-¿Estás diciendo que soy un carro que Flaco maneja?
-Estoy diciendo que él debe asumir los gastos porque es el hombre.
-Jamás pensé que tuvieras esa mentalidad tan machista.
-No es machismo, es cómo debería de ser.
¿Será porque odio la dependencia?
-Tú papá era igual. Se mal acostumbró a eso de "ir a medias" y después no tenía responsabilidad en nada. ¿Por qué mejor no te callas y piensas; o mejor, por qué no le preguntas a tus amigas? Ve lo que te responden.
Auch.
Le preguntaría a mis amigas de no ser porque poseen la misma personalidad obtusa... pero... y ¿si es cierto? Si verdaderamente estoy cediendo demasiado a algo que "por derecho" me corresponde. Aunque, ¿quién soy yo para dictaminar qué es lo que me corresponde de otra persona? ¿Es por miedo a no caer en esa mentalidad machista que tanto aborrezco que he empezado a comprometer aspectos que verdaderamente son importantes? ¿El hecho de yo "pago más, tú pagas menos" es realmente importante?
Si le doy una chequeada a lo que siempre he creído como correcto e incorrecto podría decir con toda seguridad que las personas siempre tienen que ir por lo más justo. Entonces, mis normas de miti-miti y la proporción estarían obrando en favor de la justicia. Por tanto, estoy haciéndolo bien (¿?).
La discusión madre-hija concluyó en nada, como usualmente sucede con nosotras dos. Un poco bajoneada por lo hablado, pero tranquila por saber que estoy en lo correcto, solo atino a decir que no me preocuparé de quién paga más, ni de quién paga menos, porque ni siquiera sé si algún día realmente necesitaré saberlo.
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